miércoles, 28 de marzo de 2012

El cristo del nuevo mundo

Una cruz, un costado herido, brazos y pies atravesados por la blasfemia. Un hombre moreno, coronas de improperios sobre sus sienes, camina llevando el peso de toda la humanidad, mientras latigazos besan su espalda. Busco su rostro magullado por los golpes de garrote, avanzando entre la gente. No siento pena ni lastima por él, más bien curiosidad de saber porque tanto dolor y sufrimiento, porque desfilar por el corredor del matadero pudiéndolo evitar.

Termina el sendero del sufrimiento y llegamos a un cerro en lo más alto de la ciudad. El hombre es despojado de sus ropas, sus muñecas son laceradas por torpedos de traición, sus pies desgastados por el camino, corren la misma suerte.

Mientras un grupo de mujeres llora con el alma partida, un cartel sobre la cabeza del condenado dicta la sentencia: “No evitar lo Evitable”.

Llueve, y no huyo a ningún lugar, he quedado solo, perplejo, aún lo miro de frente y pienso, pienso en aquellos que bajo el manto de la codicia, soñaban con recorrer el mundo evangelizando a los inferiores; o en aquellos investidos de autoridad divina que dictaron la redondez de la Tierra. Pienso en aquellos que bajo el nombre de aquel que estoy contemplando, cambiaron espejos por esclavos. Pienso en esa cruz que doblego a miles de inocentes por no hablar la lengua de los santos. Pienso en el uso de la espada por que la Divina Providencia no estaba hecha para indignos.

Vuelvo un momento al génesis de esta ilusión que estoy viviendo y busco una explicación.
Trato de descifrar el misterio: “Eli Eli lama sabactani”, tal vez ese grito desgarrador comparte el dolor de los inocentes, de los sometidos, de los salvajes del Nuevo Mundo.

El hombre agonizante exclama que tiene sed y un trapo sucio es empapado y servido en la misma lanza que más tarde abriría su costado. Bebe, pero el liquido es acido y no mitiga su necesidad, entonces reflexiono en que si la sangre de los castigo y el sudor de los trabajos forzados sabría igual.

Mientras observo intento preguntarle por que. ¿Por que la sinfonía cruel de la inquisición?, ¿Por qué el sometimiento de la inocencia?, ¿Por qué el trueque amargo del alcohol por la identidad? ¿Por qué el maldito dominio sobre el heredero natural?

La lluvia no cesa, por el cuerpo del hombre maltrecho corre una cascada color carmesí, que lava los pies de la cruz, del mismo modo que el tronco de los castigos se lavaba con la sangre de la barbarie enajenada, torturados en su nombre.

No siento rabia por el, tal vez admiración por su valentía, pero no comparto en lo absoluto el permitir tantos años de injusticias, tantas vidas hechas trizas por el invasor, tantos niños empobrecidos, hambrientos, vagando como fantasmas por calles ajenas, ¿donde están sus madres?, ¿Dónde sus hermanas? , ¿Dónde esta la chacra y la choza humilde donde alguna vez reino la felicidad sin maldad? Han perdido su lengua, su origen, sus ideales. El arroyo ya no canta la dulce melodía del ayer, los árboles parecen petrificados pues ya no se contornean felices seducidos por el viento. Todo devastado y como garantía: la cruz.

Un último grito me saca del letargo en el que me encuentro y siento mi alma apartada de mi cuerpo. “padre: perdónalos porque no saben lo que hacen”. Me siento confundido, quizás las palabras de este hombre que parece justo no son para este momento, tal vez para cientos de años más, cuando el hombre blanco se presente con una espada y una Biblia bajo el brazo, tal vez cuando un niño aborigen esté obligado a leer acerca del dios impuesto, en otra lengua, en otro idioma, entonces y solo entonces… se comprenderá que no saben lo que hacen.

Exhala un último suspiro… el cristo del nuevo mundo, ha dejado de existir.

(Nemël)

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