miércoles, 28 de marzo de 2012

A ti: obrero ( a mi padre)

Palas, carretillas y martillos, hombres sudados y sucios haciendo frente a la tempestad que se avecina. No se sientan, no descansan, no se van a sus hogares porque la jornada aún no culmina.

Polvo y nylon por el cielo, plumavit voladora, observo sus cascos y no los menosprecio, más bien los admiro. Trapecistas del andamio, equilibristas de las vigas amenazantes, mezclas diluidas en blanco, nergro y gris que se colorean en los labios de una “taya”.

Sonrisas desdentadas ¿y que importa? Esto no es una pasarela de modelaje, esto es el trabajo duro, a pura fuerza, apuro ñeque, así se forja el mañana.

Una sonrisa amable busca una respuesta en mi cara y un hombre moreno con una pala empuñada la entierra con tal fuerza que me parece que sostiene el futuro en sus manos. Aquí no hay tiempo para pensar en le ritmo de la economía mundial, ni mucho menos en el destino de la nación. Aquí se trabaja de sol a sol…

En este lugar convergen hombres de todas partes del país, algunos del sector, otros que han venido de lugares lejanos, abandonando sus hogares, a buscar el sustento para sus pequeños que los esperan... tal como yo esperaba a mi padre cuando era niño, cuando las horas parecían eternas, contando los días en el calendario para verlo llegar, para verlo cruzar la puerta y la alegría de estar todos reunidos nuevamente fuese infinita.

Me abrazaba con fuerza y me apretaba contra él, con sus espaldas anchas y sus brazos esculpidos por la rudeza del trabajo. Sus ropas impregnadas con el olor del cemento no me desagradaban, si no que surtían el efecto de una anestesia que me hacía regresar a la cama y me acompañaban durante los cinco días que se quedaba en casa.

Al día siguiente de seguro un presente para mí: la revista que me hacía soñar con llegar a ser un gran futbolista y alguna fruta oriunda de su lugar de trabajo. Más tarde las compras para el resto del mes, el pago de las deudas y algún asado en señal de que la despedida se aproximaba y era inminente.

Nuevamente el bolso con su ropa perfumada por mi madre y su maleta de herramientas; un beso en mi mejilla y sus manos ásperas sobre mi cara que no dejaba de lavarse por las lagrimas. Abrazados con mi madre y mis hermanas lo contemplábamos hasta que se perdía en el horizonte y justo antes de virar en la última esquina, levantaba su mano en señal de esperanza, en señal de que los próximos quince días pasarían volando.

Hoy sin ser un niño, contemplo a los obreros, en cada uno de ellos veo a mi padre, al hombre que me parecía inmenso, hoy ya más sereno. Ya no parte durante quince días, hoy está en casa, con nuestras vidas intercambiadas… porque ahora cuanto los días en el calendario pero para volver… y él los cuenta para esperarme.

Ya todos se han marchado… la jornada laboral ha concluido.
(Nemël: "La palabra")

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