miércoles, 30 de noviembre de 2011

Proyecto antropófago (cuando el guachalomo se pervierte)

Sentada en la cama, sólo con su lencería y en la pose más erótica que mis ojos han visto en una mujer, sentí un ahogado dolor sobre el pantalón provocado por esa espesa atmósfera cargada de ferormonas, sudor y humedad. Simplemente, me tenía los huevos hirviendo.
Esa mujer era una visión que en menos de dos segundos me convirtió en su títere, mi total voluntad deborada por sus manos y entrepiernas, el encantamiento de sus movimientos y sus gemidos poderosos ordenándome poseerla. Yo, sin resistencia alguna, no dude en satisfacerla del modo más inconsciente que mis horas de pornografía permitían, la acalle a la fuerza mientras sus labios me exprimían, sin importar si de ella escapaba alguna lágrima.
Estuve en esos menesteres orales un par de minutos hasta que me puso su concha para que la penetrara, fue en ese momento cuando se me vino a la cabeza la imagen de mi madre sentada en una enorme mesa de una longitud caricaturesca, en cuyo extremo engullía apasiblemente una enorme bandeja de rosas rojas, con un tenedor y un cuchillo. Cuál fue mi sorpresa, que termine en la calle sin rumbo cargado de vergüenza y de impotencia. 
A esa hora de la madrugada los locales nocturnos terminaban su jornada laboral, mientras afuera los parroquianos se comunicaban a gritos con la borrachera. Mi noche aún no acababa, y no podía irme peor, terminé envuelto en una discusión por una de esas razones tan necias que jamás dejarán de sorprenderme. Un tumbo y directo al suelo, convertido en el compañero involuntario de aquel invasor, mientras su agresor aún luchaba con un enemigo invisible. No esperé a ver el resultado, poseído por una ciega ira di rienda suelta a mi frustrada excitación avalanzándome sobre el combatiente, sin importar lo que sucediera a mi alrededor.
Habrá sido cosa de un minuto, un breve instante en ese menester cuando una nueva imagen se me presentó, esta vez la larga mesa tenía dos ocupantes, mi madre y esa diosa libidinosa, ambas con sus ojos perdidos mientras sus bocas rebosantes de pétalos de rosas pierden el aliento. Esta vez ya no hubo sorpresa, sino un angustiante sentimiento que me paralizó por completo. 
En la desesperación que te provocan aquellas circunstancias horrorosas ausentes de comprensión por la razón, un grito profundo escapó de mi garganta esperando auxilio que me socorriera. Yací en el suelo, golpeado por un mal más allá de lo físico, desbastado por tales imágenes que encarecidamente me aquejan. 

Ya van seis años desde aquel día en que mi excitación dio rienda suelta a mi imaginación, propasando todo nivel moral, llevándome a perder toda dignidad. Por más que intente superarlo, siempre acude a mí para acosarme y recordarme las faltas en los que una mente perversa puede acabar. Por lo demás, espero ansioso el momento en que aquellas visiones dejen de perseguirme, pues no puedo alejarme de quien me las provoca.

Proyecto antropófago (segunda versión)


Ella estaba ahí, esperándome en la cama con las piernas abiertas y con solo su lencería puesta, de lejos podía ver el brillo en sus ojos, una calentura intimidante, la habitación completa olía a su sexo, se respiraba la humedad alcalina. Nublada mi vista en un ataque de feromonas carnívoras mi verga amenazaba con romper mis pantalones.
En menos de dos segundos arrasó con lo poco que la cubría, inmediatamente después mojo sus dedos para jugar con su clítoris en una serenata de gritos; yo solo me saque el pantalón y con mi pene en la mano me dirigía directo a su boca. En el mismo instante recordé una película porno vista en mi juventud. Se la metió completa en la boca, de sus ojos cerrados se escapaban diminutas lágrimas, yo sin tocar su cabeza tenía toda mi verga dentro su boca.
Su estado de catarsis era demasiado para mi ...a momentos, cada vez más seguidos, me desconcentraba tanta euforia, por qué cresta siempre busco minas tan extremas?, o ellas me buscan a mi?, acaso soy merecedor de ternura o algo parecido al amor? Debo conformarme con el único tipo de mujer que encunentra algo de atractivo en mí. Tan patético es mi parecer que debo permitir de todo con tal de tirar...comenzaba el desastre, lo intenté, juro que lo evité lo más que pude, pero esta vez su falta de cordura no cooperó y en un milésima de segundo ya no estaba allí y allí estaba yo pero fuera de mí, entraba y salía de la escena, me concentro nuevamente, estoy aquí, ella me dice algo que no entiendo, me da lata preguntar, qué querrá? Que te qué? Por la cresta voy a poder, me repito cinco veces, seis, siete...
Estuve en ese desastre neuronal un par de minutos hasta que me puso su concha para que la penetrara, fue en ese momento cuando se me vino a la cabeza la imagen de mi madre sentada en una enorme mesa de una longitud caricaturesca. Ella estaba sentada en uno de los extremos de la mesa con una enorme bandeja de rosas las cueles eran engullidas por mamá solo con la ayuda de un cuchillo.
Luego de una desastrosa explicación camine varias cuadras hacia ningún lugar, con la cabeza completamente vacía pero con kilos y kilos de vergüenza. Eran las seis de la mañana y en la ciudad los locales nocturnos terminaban con la jornada laboral, afuera los parroquianos se comunicaban a gritos con la borrachera. Nunca me dejo de llamar la atención la gran cantidad de peleas que se podían ver justo a esa hora, no es que haya sido un aficionado pero serán alrededor de diez u once las que me han tocado ver. Por lo general la coordinación de los luchadores dejaba bastante que desear, era normal verlos caerse sin atinar un golpe, sin embargo era muy difícil ver una pelea en donde no hubiera uno de los rivales tirado inconsciente y derrotado. Pareciera que en la borrachera su orgullo los lleva a no rendirse, tal vez sea el acto más noble en todo lo que dura la larga noche fiestera, aunque desconozco las motivaciones de la lucha, imagino que son todas por temas de faldas. Como las faldas de….
No es la primera vez que mi erección se va al infierno por imaginar a mi madre cuando tengo que penetrar a una mujer por su vagina, han sido alrededor de seis veces en que he puesto a mi virginidad al precipicio. He pasado sin ningún pudor por psicólogos y psiquiatras, he tomado medicamentos, incluso me he sometido a las borracheras más invalidantes y no he logrado penetrar vaginalmente a ninguna mujer. La imagen de mi madre es un verdugo recurrente y castrador, ella aún vive, pero lejos del país, por ende no la veo muy seguido. Sin embargo su imagen recorre miles de kilómetros para caer como agua fría, exponiéndome a la más brutal humillación, sintiendo como si mi masculinidad se metiera dentro de mi culo burlándose de mis residuos de dignidad.

martes, 29 de noviembre de 2011

Sin cruz (un texto para no perder el camino)

No recuerdo muy bien como empezaron las cosas, no recuerdo tampoco el tiempo ni el espacio físico en donde transcurre la historia. A mi juicio, y al de Borges, esto carece de importancia. Lo complicado de esta amnesia del narrador es que esto está en primera persona; soy yo mismo el protagonista de los hechos que a continuación narraré, lo cual sin lugar a dudas le restara credibilidad a mi historia. A fin de cuentas lo narrado no tiene por qué tener requisito de verdad, considerémoslo mejor un chisme de mí mismo, en donde el propio aludido es el verdugo blasfemo.

Por lo que recuerdo, después de tres días de divagar en otras dimensiones, resucité. La gente que me apoyaba se puso contenta, los que no me querían simplemente no me vieron y al otro porcentaje restante les fue indiferente el mágico acto .El resto de la historia está en otras fuentes que, si bien no son muy confiables, sirven a los interesados para tener más o menos una visión un poco más clara de lo que fue mi vida después de volver de entre los muertos.

Lo que queda en una nebulosa es lo que ocurrió conmigo después de ese lindo sermón en el monte en cual me retire como una estrella del rock’n roll entre aplausos, llantos y gritos desaforados.

Recuerdo (…) que camino al cielo alguien golpeó mi cabeza. Medio aturdido sentí que me metieron en un automóvil de vidrios polarizados. Adentro olía a marihuana y el estéreo del vehículo tocaba un tema de Exterminador (para los ignorantes: una banda de narco rancheras). Con los ojos vendados sentí que hacían moldes de mis manos perforadas y que me tomaban fotografías hasta tener hematomas en el cuerpo. Luego, después del cegador martirio, sentí desaparecer atrás mío kilómetros y kilómetros de viaje. El automóvil devoraba las vías de la carretera como un Pacman arrancando de fantasmas coléricos. El silencio era pesado como culpa de esposo infiel, el estéreo ya no sonaba, mis captores solo de vez en cuando tosían, yo me imaginaba que se miraban unos a otros con cara de “parece que se murió de nuevo”.

Al igual que los borrachos perdí un par de horas de mi vida. No tengo memoria para los hechos que antecedieron mi estadía en un hotel cinco estrellas, por la ventana del que parecía ser el piso 32 del edificio no vi más que playa y una enorme extensión de mar.

Llame por teléfono al botones, el cual se demoró menos de 60 segundos en golpear mi puerta.

- Maestro le puedo ayudar en algo – dijo con tono un tanto tímido.

- Adelante hijo mío – respondí con voz de autoridad celestial.

Luego de un par de minutos el joven, de unos 21 años, me comentó que llegué al hotel con dos rubias despampanantes, las dos con enormes senos y nalgas que perfectamente podían desintegrar una verga antes de tocar el anhelado asterisco santo de los cielos.

Vomité, vomité mucho, el líquido parecía ser vino con Coca – Cola, traté de comunicarme telepáticamente con mi padre, pero la línea estaba ocupada. De seguro era Mahoma, ahora ese hijo de puta va ser el regalón; ya me gustaría verlo con clavos de 4 pulgadas en las manos, chorreando tanta sangre de la frente que los párpados caen pesados como en un sueño sangriento, padeciendo más de 2 días en una cruz de madera viendo como al weón de al lado un pájaro negro le come los ojos. Pero no, eso no le va a pasar a Mahoma, él puede tener más de una esposa, inventar una religión, incluso mandar a matar enemigos, que injusticia Señor, ahora más encima me veo víctima de estas circunstancias absurdas, dando brincos de tiempo como Mc Fly.

¿ Qué carajo está pasando!?

¿Padre, por qué me abandonas?

La existencia sobrenatural y etérea de mi posición de ser divino juega ahora su mala pasada, siento que se viene la venganza del tiempo de los mortales. Lo que siempre ha sido una existencia cósmica, ajena a cualquier sensación, sistema métrico o percepción, se ha trucado ahora en una caricatura del “ser” común.

¿Qué hago yo, Jesús, cuestionándome bajo el alero de la filosofía? Jamás los magnos entes celestiales se han puesto en la vereda humana del no saber, de no tener la más puta idea de dónde va la micro. Me rezo a mí mismo, busco las respuestas adentro mío, y la verdad me parece tan idiota que la solución de un organismo en descomposición esté dentro de su propia podredumbre.

“Padre, la carne es débil”

Lo que alguna vez fue santa creación sucumbió por el aire malo de la tierra, las células que funcionaban como un microcosmos dentro del hombre envejecieron, lo consumieron como un parásito, mataron el alma y a la magia del hombre.

Maldito el disfraz de carne, que todo lo deja hediondo, como se sucumbe a las percepciones, todo es tan básico, básico, básico.

Los brincos en el tiempo siguieron, dudo mucho que a estas alturas del partido se detengan, he llegado incluso a replantearme y a lo mejor volverme hindú, hacer yoga o seguir las nuevas tendencias. Ya no solo sufro de vacíos en mi memoria, sino que también cambio de forma, así como el estado de ánimo del clima.

Llevo ya 60 años como una mujer de vida dura, católica a su forma y a su condición social, pobre en sus primeros tiempos, como alguna vez lo fui yo, dueña de la imaginación más rica que puede proporcionar una dieta en base de carne y agua, soy una prócer del dolor envuelta en la magia de la fantasía, eduqué a mis hijos con cuentos, soy una arquitecto de la mentirita simple y constructiva, vivo en barrio popular, fui víctima de las circunstancias políticas, me engaño con mis cuentos de toda la vida para dibujarme la vida más hermosa, soy feliz casi siempre e incluso tengo ahora más fe en el señor. A ratos olvido que yo soy Jesús el primogénito de Dios mi padre y cuando lleno algún formulario mental, en la sección en donde piden el nombre de mi padre y de mi madre respondo Ramón Andrade y Delia Gallardo.

El tiempo sigue pasando y ya estoy más vieja, cada vez recuerdo menos de mí y cada vez disfruto más mi condición de mujer grande, mis hijos son felices y duros, tienen la rudeza de la madre pobreza y la inteligencia del padre tiempo y el padrastro perdón, tengo nietos y sé que algún día (ojala no muy vieja) moriré.

He tenido más de cien formas y definitivamente ya no soy un ser celestial, a veces pienso en una reforma de la espiritualidad, pero la verdad ya no puedo trabajar muy bien esa idea, cada vez soy más hombre, más mujer, cada vez rezo menos, ya no hablo con mi padre ni conmigo mismo, he sido ateo, muchas veces he negado de mí, he tenido amnesias larguísimas de mi verdadera identidad.

Ahora, y para no alargar más los hechos (pues podrían ser infinitos) tomo real conciencia que mi ascensión a los cielos no fue más que una desintegración mágica, un nuevo pacto entre las divinidades, una existencia real. Atrás se quedó la idea weona de existir por sobre el otro, jamás dejé de ser yo, Jesús, la energía pura e inexplicable, amo y señor de los canutos, evangélicos, perros, gatos y comunistas. Me desintegré y me hice infinito y eterno, viví por siempre y cumplí las promesas de mi primera estadía.

¿Cómo pude ser tan weón? Tanta angustia en vano, fui hombre pero con la magia de mi adentro. Que diría Whitman, yo fui Whitman pero me embobó la palabra, mi comprensión no se manifiesta en la santa epifanía.

Soy yo mismo el autor de los hechos, es un pedazo de la historia de la humanidad, el autor son todos los hombres y mujeres y cosas e ideas, la verdad puede ser perfectamente mi mentira, mi fantasía, otra creación celestial. Seguiré pasando, pasando, pasando, pero ya más consiente de mi rol.

En el nombre del padre, del hijo y de todos

Todos

todo.



PablaK

Proyecto antropófago

Ella estaba ahí, esperándome en la cama con las piernas abiertas y con solo su lencería puesta, de lejos podía ver el brillo en sus ojos, una calentura intimidante, la habitación completa olía a su sexo, se respiraba la humedad alcalina. Nublada mi vista en un ataque de feromonas carnívoras mi verga amenazaba con romper mis pantalones.

En menos de dos segundos arrasó con lo poco que la cubría, inmediatamente después mojo sus dedos para jugar con su clítoris en una serenata de gritos; yo solo me saque el pantalón y con mi pene en la mano me dirigía directo a su boca. En el mismo instante recordé una película porno vista en mi juventud. Se la metió completa en la boca, de sus ojos cerrados se escapaban diminutas lágrimas, yo sin tocar su cabeza tenía toda mi verga dentro su boca. Estuve en esos menesteres orales un par de minutos hasta que me puso su concha para que la penetrara, fue en ese momento cuando se me vino a la cabeza la imagen de mi madre sentada en una enorme mesa de una longitud caricaturesca. Ella estaba sentada en uno de los extremos de la mesa con una enorme bandeja de rosas las cueles eran engullidas por mamá solo con la ayuda de un cuchillo.

Luego de una desastrosa explicación camine varias cuadras hacia ningún lugar, con la cabeza completamente vacía pero con kilos y kilos de vergüenza. Eran las seis de la mañana y en la ciudad los locales nocturnos terminaban con la jornada laboral, afuera los parroquianos se comunicaban a gritos con la borrachera. Nunca me dejo de llamar la atención la gran cantidad de peleas que se podían ver justo a esa hora, no es que haya sido un aficionado pero serán alrededor de diez u once las que me han tocado ver. Por lo general la coordinación de los luchadores dejaba bastante que desear, era normal verlos caerse sin atinar un golpe, sin embargo era muy difícil ver una pelea en donde no hubiera uno de los rivales tirado inconsciente y derrotado. Pareciera que en la borrachera su orgullo los lleva a no rendirse, tal vez sea el acto más noble en todo lo que dura la larga noche fiestera, aunque desconozco las motivaciones de la lucha, imagino que son todas por temas de faldas. Como las faldas de….

No es la primera vez que mi erección se va al infierno por imaginar a mi madre cuando tengo que penetrar a una mujer por su vagina, han sido alrededor de seis veces en que he puesto a mi virginidad al precipicio. He pasado sin ningún pudor por psicólogos y psiquiatras, he tomado medicamentos, incluso me he sometido a las borracheras más invalidantes y no he logrado penetrar vaginalmente a ninguna mujer. La imagen de mi madre es un verdugo recurrente y castrador, ella aún vive, pero lejos del país, por ende no la veo muy seguido. Sin embargo su imagen recorre miles de kilómetros para caer como agua fría, exponiéndome a la más brutal humillación, sintiendo como si mi masculinidad se metiera dentro de mi culo burlándose de mis residuos de dignidad.

domingo, 27 de noviembre de 2011

La copa vacía

Coges la carne
tu lengua la empuja
traspasas los trozos
y yo ni siquiera puedo brindar

Coge mi carne
engulle mis senos
traspasame entera
Hazme brindar

Comienza por verme
estoy a tu lado
tienes mis ganas
te invito a cenar

viernes, 18 de noviembre de 2011

Lisandro Orlando, el Antropomorfo

El cambio de estación había llegado de improvisto, y con él las largas noches cada vez más heladas. Sin duda, era la peor estación, la más angustiante, y a pesar de pasar tantos años viviendo en la calle, Santiago aún no se acostumbraba. La terrible incertidumbre que si de esta noche no despertara, lo desesperaba. O peor aún, que padeciese una agonía interminable sin poder aliviarse. 

Ese temor anidado profundamente, yacía de su golpeada experiencia. Hace muchos años atrás, cuando su juventud y fuerza lo acompañaban, custodió a su compañero nocturno mientras la neumonía lentamente lo reclamaba. Luchar contra la espesa toz, el cansancio y las intensas fiebres era imposible al caer la noche, cuando el frío calaba en sus precarias protecciones. 

La asistencia social – solía decir su amigo, ante sus recriminaciones de recurrir a un mejor lugar – son puras mujeres sensibles. En cuanto te ven se lanzan a arroparte y atenderte, pero pasados unos días, ya no eres tan lindo. ¡Viejo de mierda! Pensarán. ¡No, lo mío es estar acá! Al menos no veo caras descontentas reprochándome. Y aunque tu cara de mono no es tan linda, al menos me da risa. 

No podía olvidar esas palabras, aún a pesar de los años, ya que él mismo había padecido de tal ambigüedad. Sin embargo, Santiago no se consideraba tonto, recibía cualquier clase de aporte, lo veía como un pago. Yo les permito apaciguar sus conciencias, a cambio de un poco de comida y alcohol – pensaba en cada momento en que su orgullo brotaba –. Esa gente santa, creyéndose buena, más allá de sus migajas no les importo. Que me den mi pan y ladrillo. 

Y en esta oportunidad, con la noche encima, no sería la excepción. Se prestó a ir al centro de la ciudad para mendigar. Sabía que más de algún santito pagaría por su cuota de bondad, a cambio de unas monedas. Y tras unas horas en la intemperie con cara de pena, su tarro estaba moderadamente lleno, lo suficiente para una velada con bastante vino encima. 

No obstante, se quedó otro instante más, no por el dinero, sino porque le agradaba incomodar a la gente con su presencia. Le gustaban esas caras largas, desagradables e injuriosas, aunque más les fascinaban esos rostros desencajados temerosos de verse reflejados en su misma necesidad. Gente con miedo a perderlo todo y terminar en su rincón. Esas miradas le reconfortaban, lo hacían sentirse más humano, y esta noche bien le hacían. 

Disculpe usted, me podría convidar un poco de pan. – de improviso una voz amable lo desconcentró de su tarea – es que llevo todo el día sin comer, y veo su exitoso botín, que espero desee compartir. 

Santiago cambió su atención al rostro inoportuno. Un joven de sonrisa amplia y mirada humilde, cuya actitud no dejaba de asombrar. No parecía un mendigo; mucho menos un transeúnte. Sin saber como reaccionar, frente tamaña petición, Santiago actúo como mejor le pareció. Se levantó de su rincón, y con voz firme respondió: Si me acompañas esta madrugada, también un buen vino te puedo ofrecer. El frío se siente, es mejor espantarlo acompañado que padecerlo solo y embriagado. 

Si esta noche vamos a compartir, quizás es bueno que sepa algo de mí – respondía el joven, observando como Santiago guardaba en su gastado abrigo las monedas que hace un instante depositaba el tarro – . Mi nombre es Lisandro Orlando, y aunque sea difícil de entender, soy un antropomorfo. 

Acostumbrado a convivir con situaciones extrañas, Santiago no atinó más que a sonreír. Sus gastados dientes, habían probado toda clase de insinuaciones con la misma gracia, a pesar de que los años insistían en arrebatarla. Ustedes los jóvenes siempre inventan algo nuevo para lucirse, pero entre nosotros, si tal cosa existiera, parece más humano que los que por la callen operan – dijo esto mientras estiraba sus piernas acalambradas por el tiempo sin moverlas. 

Discúlpeme, sé que a su buena voluntad me someto, pero no lo engaño. Soy un antropomorfo – decía el joven Lisandro, serenamente, acostumbrado a justificar una condición por la cual nadie prestaba atención –. Es una condición con la que se nace, y muy a mí pesar, también por la misma se yace. Mis padres, familia, todos ya se fueron. Ahora, heme aquí. 

Más repuesto de sus cansadas carnes, Santiago parecía animarse, y no ajeno a la respuesta, este respondió. De todas las personas que pasan por esta calle, sólo tú me has hablado, y además mi ayuda has tomado – le respondía a Lisandro, dándole unas palmadas en la espalda –. No sé que será eso de antropomorfo, pero créeme, en la noche no interesa lo que seas. Si el helado clima te reclama, antropomorfo, humano, o dios, no habrá quien de allí te saque. 

Antes de que Lisandro protestara, Santiago continuó. Mira, iré a comprar al local de la esquina, un poco de pan, y mucho más vino de lo que hoy quería. Espérame aquí, y quizás hoy terminé como un buen día. Con sus manos dentro del abrigo, palpando las amontonadas monedas del bolsillo, cruzó la calle, mientras su cansada cara una feliz y tranquila mirada acompañaba. 

Unos minutos pasaron desde que a Lisandro dejó, sin embargo al regresar, a este no encontró. En su lugar, un perro negro, echado y distraído de todo lo que ocurría a su alrededor. Mas al ver a Santiago, sus patas de golpe levantó. 

Y tú amigo peludo, parece que me esperas – le decía Santiago a la vez que un pedazo de pan acercaba a su hocico – te dije que me demoraría poco. Hoy será una gran noche, pan, vino y a Lisandro Orlando. Sí, una noche como hace muchas no tenía. 

Autor: Ignacio

El rito roto

Manejando a la velocidad máxima que podía, Aurelio trataba de juntar las suficientes chauchas –como les decía él-para su noche especial. Estaba ya atardeciendo ese sábado, el cual, era el único día de la semana que podía ocupar el taxi colectivo que “arrendaba” sin tener que pagar la cuota diaria. Con su cd casi completamente rayado, con suerte podía escuchar la mitad de las canciones de su querido disco de rancheras, pero eso a él no le importaba. Estaba a punto de llenar la cuota que se había fijado para poder pagar la mujer que le tocaría esa noche. Le hacía carreras a los demás colectiveros, para ganar todos los pasajeros que pudiese. La mayor parte del mes se contentaba con cumplir las horas que él mismo se había impuesto. Pero ese día, era el día especial. Era el día del mes en que pensaba en él y no le importaba nadie más. 

En su radio sonó “amanecí en tus brazos” que era una de sus canciones rancheras favoritas de su disco, que por suerte, no había sido carcomido por las rayas que el mismo había provocado producto de su propio descuido con aquella tecnología que para él seguía siendo nueva. 

Sólo para que su tiempo avance velozmente al igual que su automóvil iba, Aurelio Castro volvió a pensar en ella. En su ritual mensual de salidas nocturnas, nunca quedaban secuelas, nunca quedaban restos de amor comprado que le revoloteasen en el pecho por los días siguientes. Ahora era distinto, completamente distinto. Hace dos meses vio a una mujer que no pudo tener. Ella no se desocupó nunca esa noche. El último mes el llegó mas tarde de lo habitual, y ella nuevamente estaba con otro “cliente”; él espero lo que estaba dispuesto a esperar y al final busco a otra “niña” para su desahogo. 

Pero esa noche tenía que ser de él. Casi le daba vergüenza admitirlo para si mismo, pero no podía entender como esa mujer no se le iba de la cabeza. Lo único que resolvió fue ir lo más temprano posible esa noche. Los pasajeros se bajaban y se subían repetidamente en su colectivo mientras él pensaba en ella. Aceptaba el dinero por su trabajo transportador, pero era sólo su cuerpo funcionando automáticamente. Su mente seguía trabajando en ello cuando un pasajero que recién se había subido le dijo si podía ocupar su colectivo como un taxi. 

Eso lo sacó de sus pensamientos y al girar su cabeza se fijo en ella. Ella era el pasajero. El tiempo se le detuvo. Aunque estaba todo detenido en ese instante sus pensamientos se aceleraron más que nunca. No iba a tener más pasajeros esa noche. El mismo iba a llevarla hasta el destino que tenían en común. Esa noche nadie se le iba a adelantar y sabría que al otro día su cabeza volvería a estar en paz. 

- Claro que le hago de taxi, súbase- respondió el con una sonrisa que parecía de niño. 

Ella se subió y juntos avanzaron algunas cuadras en medio de una noche en la que él veía que la suerte estaba de su lado. Nuevamente su mente salió del colectivo en movimiento y comenzó a buscar la mejor palabra para iniciar una conversación con ella. Recién estaba ordenando alguna frase, cuando fue interrumpido por la voz de ella. “Amanecí en tus brazos” volvió a sonar en su auto. 

- No le he dicho donde voy 
- Disculpe, estaba pensando en otra cosa – respondió él con un sintiendo un poco de vergüenza- Donde la llevo? 
- Al aeropuerto. Me puede llevar hasta allí, cierto? 

Su mente quedó en blanco. De pronto ella le estaba pagando la carrera que ya había llegado a su fin. Recién allí se dio cuenta del tiempo y la distancia que había transcurrido desde que ella se subió. 

Gracias por la carrera, a mi me gusta mucho esa canción- fue lo último que escuchó de ella, y quedó con el dinero en sus manos boquiabierto. Odió por un instante su oficio y esa plata que acababa de ganar. “Amanecí en tus brazos” estaba finalizando. Se alejó en el automóvil de allí y se dirigió a su casa. Por esa noche rompería su rito mensual. 

Autor: Israfel