Ella estaba ahí, esperándome en la cama con las piernas abiertas y con solo su lencería puesta, de lejos podía ver el brillo en sus ojos, una calentura intimidante, la habitación completa olía a su sexo, se respiraba la humedad alcalina. Nublada mi vista en un ataque de feromonas carnívoras mi verga amenazaba con romper mis pantalones.
En menos de dos segundos arrasó con lo poco que la cubría, inmediatamente después mojo sus dedos para jugar con su clítoris en una serenata de gritos; yo solo me saque el pantalón y con mi pene en la mano me dirigía directo a su boca. En el mismo instante recordé una película porno vista en mi juventud. Se la metió completa en la boca, de sus ojos cerrados se escapaban diminutas lágrimas, yo sin tocar su cabeza tenía toda mi verga dentro su boca. Estuve en esos menesteres orales un par de minutos hasta que me puso su concha para que la penetrara, fue en ese momento cuando se me vino a la cabeza la imagen de mi madre sentada en una enorme mesa de una longitud caricaturesca. Ella estaba sentada en uno de los extremos de la mesa con una enorme bandeja de rosas las cueles eran engullidas por mamá solo con la ayuda de un cuchillo.
Luego de una desastrosa explicación camine varias cuadras hacia ningún lugar, con la cabeza completamente vacía pero con kilos y kilos de vergüenza. Eran las seis de la mañana y en la ciudad los locales nocturnos terminaban con la jornada laboral, afuera los parroquianos se comunicaban a gritos con la borrachera. Nunca me dejo de llamar la atención la gran cantidad de peleas que se podían ver justo a esa hora, no es que haya sido un aficionado pero serán alrededor de diez u once las que me han tocado ver. Por lo general la coordinación de los luchadores dejaba bastante que desear, era normal verlos caerse sin atinar un golpe, sin embargo era muy difícil ver una pelea en donde no hubiera uno de los rivales tirado inconsciente y derrotado. Pareciera que en la borrachera su orgullo los lleva a no rendirse, tal vez sea el acto más noble en todo lo que dura la larga noche fiestera, aunque desconozco las motivaciones de la lucha, imagino que son todas por temas de faldas. Como las faldas de….
No es la primera vez que mi erección se va al infierno por imaginar a mi madre cuando tengo que penetrar a una mujer por su vagina, han sido alrededor de seis veces en que he puesto a mi virginidad al precipicio. He pasado sin ningún pudor por psicólogos y psiquiatras, he tomado medicamentos, incluso me he sometido a las borracheras más invalidantes y no he logrado penetrar vaginalmente a ninguna mujer. La imagen de mi madre es un verdugo recurrente y castrador, ella aún vive, pero lejos del país, por ende no la veo muy seguido. Sin embargo su imagen recorre miles de kilómetros para caer como agua fría, exponiéndome a la más brutal humillación, sintiendo como si mi masculinidad se metiera dentro de mi culo burlándose de mis residuos de dignidad.
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