miércoles, 30 de noviembre de 2011

Proyecto antropófago (cuando el guachalomo se pervierte)

Sentada en la cama, sólo con su lencería y en la pose más erótica que mis ojos han visto en una mujer, sentí un ahogado dolor sobre el pantalón provocado por esa espesa atmósfera cargada de ferormonas, sudor y humedad. Simplemente, me tenía los huevos hirviendo.
Esa mujer era una visión que en menos de dos segundos me convirtió en su títere, mi total voluntad deborada por sus manos y entrepiernas, el encantamiento de sus movimientos y sus gemidos poderosos ordenándome poseerla. Yo, sin resistencia alguna, no dude en satisfacerla del modo más inconsciente que mis horas de pornografía permitían, la acalle a la fuerza mientras sus labios me exprimían, sin importar si de ella escapaba alguna lágrima.
Estuve en esos menesteres orales un par de minutos hasta que me puso su concha para que la penetrara, fue en ese momento cuando se me vino a la cabeza la imagen de mi madre sentada en una enorme mesa de una longitud caricaturesca, en cuyo extremo engullía apasiblemente una enorme bandeja de rosas rojas, con un tenedor y un cuchillo. Cuál fue mi sorpresa, que termine en la calle sin rumbo cargado de vergüenza y de impotencia. 
A esa hora de la madrugada los locales nocturnos terminaban su jornada laboral, mientras afuera los parroquianos se comunicaban a gritos con la borrachera. Mi noche aún no acababa, y no podía irme peor, terminé envuelto en una discusión por una de esas razones tan necias que jamás dejarán de sorprenderme. Un tumbo y directo al suelo, convertido en el compañero involuntario de aquel invasor, mientras su agresor aún luchaba con un enemigo invisible. No esperé a ver el resultado, poseído por una ciega ira di rienda suelta a mi frustrada excitación avalanzándome sobre el combatiente, sin importar lo que sucediera a mi alrededor.
Habrá sido cosa de un minuto, un breve instante en ese menester cuando una nueva imagen se me presentó, esta vez la larga mesa tenía dos ocupantes, mi madre y esa diosa libidinosa, ambas con sus ojos perdidos mientras sus bocas rebosantes de pétalos de rosas pierden el aliento. Esta vez ya no hubo sorpresa, sino un angustiante sentimiento que me paralizó por completo. 
En la desesperación que te provocan aquellas circunstancias horrorosas ausentes de comprensión por la razón, un grito profundo escapó de mi garganta esperando auxilio que me socorriera. Yací en el suelo, golpeado por un mal más allá de lo físico, desbastado por tales imágenes que encarecidamente me aquejan. 

Ya van seis años desde aquel día en que mi excitación dio rienda suelta a mi imaginación, propasando todo nivel moral, llevándome a perder toda dignidad. Por más que intente superarlo, siempre acude a mí para acosarme y recordarme las faltas en los que una mente perversa puede acabar. Por lo demás, espero ansioso el momento en que aquellas visiones dejen de perseguirme, pues no puedo alejarme de quien me las provoca.

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