El cambio de estación había llegado de improvisto, y con él las largas noches cada vez más heladas. Sin duda, era la peor estación, la más angustiante, y a pesar de pasar tantos años viviendo en la calle, Santiago aún no se acostumbraba. La terrible incertidumbre que si de esta noche no despertara, lo desesperaba. O peor aún, que padeciese una agonía interminable sin poder aliviarse.
Ese temor anidado profundamente, yacía de su golpeada experiencia. Hace muchos años atrás, cuando su juventud y fuerza lo acompañaban, custodió a su compañero nocturno mientras la neumonía lentamente lo reclamaba. Luchar contra la espesa toz, el cansancio y las intensas fiebres era imposible al caer la noche, cuando el frío calaba en sus precarias protecciones.
La asistencia social – solía decir su amigo, ante sus recriminaciones de recurrir a un mejor lugar – son puras mujeres sensibles. En cuanto te ven se lanzan a arroparte y atenderte, pero pasados unos días, ya no eres tan lindo. ¡Viejo de mierda! Pensarán. ¡No, lo mío es estar acá! Al menos no veo caras descontentas reprochándome. Y aunque tu cara de mono no es tan linda, al menos me da risa.
No podía olvidar esas palabras, aún a pesar de los años, ya que él mismo había padecido de tal ambigüedad. Sin embargo, Santiago no se consideraba tonto, recibía cualquier clase de aporte, lo veía como un pago. Yo les permito apaciguar sus conciencias, a cambio de un poco de comida y alcohol – pensaba en cada momento en que su orgullo brotaba –. Esa gente santa, creyéndose buena, más allá de sus migajas no les importo. Que me den mi pan y ladrillo.
Y en esta oportunidad, con la noche encima, no sería la excepción. Se prestó a ir al centro de la ciudad para mendigar. Sabía que más de algún santito pagaría por su cuota de bondad, a cambio de unas monedas. Y tras unas horas en la intemperie con cara de pena, su tarro estaba moderadamente lleno, lo suficiente para una velada con bastante vino encima.
No obstante, se quedó otro instante más, no por el dinero, sino porque le agradaba incomodar a la gente con su presencia. Le gustaban esas caras largas, desagradables e injuriosas, aunque más les fascinaban esos rostros desencajados temerosos de verse reflejados en su misma necesidad. Gente con miedo a perderlo todo y terminar en su rincón. Esas miradas le reconfortaban, lo hacían sentirse más humano, y esta noche bien le hacían.
Disculpe usted, me podría convidar un poco de pan. – de improviso una voz amable lo desconcentró de su tarea – es que llevo todo el día sin comer, y veo su exitoso botín, que espero desee compartir.
Santiago cambió su atención al rostro inoportuno. Un joven de sonrisa amplia y mirada humilde, cuya actitud no dejaba de asombrar. No parecía un mendigo; mucho menos un transeúnte. Sin saber como reaccionar, frente tamaña petición, Santiago actúo como mejor le pareció. Se levantó de su rincón, y con voz firme respondió: Si me acompañas esta madrugada, también un buen vino te puedo ofrecer. El frío se siente, es mejor espantarlo acompañado que padecerlo solo y embriagado.
Si esta noche vamos a compartir, quizás es bueno que sepa algo de mí – respondía el joven, observando como Santiago guardaba en su gastado abrigo las monedas que hace un instante depositaba el tarro – . Mi nombre es Lisandro Orlando, y aunque sea difícil de entender, soy un antropomorfo.
Acostumbrado a convivir con situaciones extrañas, Santiago no atinó más que a sonreír. Sus gastados dientes, habían probado toda clase de insinuaciones con la misma gracia, a pesar de que los años insistían en arrebatarla. Ustedes los jóvenes siempre inventan algo nuevo para lucirse, pero entre nosotros, si tal cosa existiera, parece más humano que los que por la callen operan – dijo esto mientras estiraba sus piernas acalambradas por el tiempo sin moverlas.
Discúlpeme, sé que a su buena voluntad me someto, pero no lo engaño. Soy un antropomorfo – decía el joven Lisandro, serenamente, acostumbrado a justificar una condición por la cual nadie prestaba atención –. Es una condición con la que se nace, y muy a mí pesar, también por la misma se yace. Mis padres, familia, todos ya se fueron. Ahora, heme aquí.
Más repuesto de sus cansadas carnes, Santiago parecía animarse, y no ajeno a la respuesta, este respondió. De todas las personas que pasan por esta calle, sólo tú me has hablado, y además mi ayuda has tomado – le respondía a Lisandro, dándole unas palmadas en la espalda –. No sé que será eso de antropomorfo, pero créeme, en la noche no interesa lo que seas. Si el helado clima te reclama, antropomorfo, humano, o dios, no habrá quien de allí te saque.
Antes de que Lisandro protestara, Santiago continuó. Mira, iré a comprar al local de la esquina, un poco de pan, y mucho más vino de lo que hoy quería. Espérame aquí, y quizás hoy terminé como un buen día. Con sus manos dentro del abrigo, palpando las amontonadas monedas del bolsillo, cruzó la calle, mientras su cansada cara una feliz y tranquila mirada acompañaba.
Unos minutos pasaron desde que a Lisandro dejó, sin embargo al regresar, a este no encontró. En su lugar, un perro negro, echado y distraído de todo lo que ocurría a su alrededor. Mas al ver a Santiago, sus patas de golpe levantó.
Y tú amigo peludo, parece que me esperas – le decía Santiago a la vez que un pedazo de pan acercaba a su hocico – te dije que me demoraría poco. Hoy será una gran noche, pan, vino y a Lisandro Orlando. Sí, una noche como hace muchas no tenía.
Autor: Ignacio
3 comentarios:
Para ir rellenando, como espero lo hagan los demás, subo este trabajo hecho dentro del ejercicio de darle vida al universo de Santiago.
almas solitarias que buscan compañia en las noches mas crueles y frias... a medida que fui leyendo el cuento pude transportarme a una oscura calle de mi ciudad, humeda y solitaria, con una que otra silueta vagamente reconocible.. esperando algo de mi.
un saludo cariñoso a su autor.
Muy bien recibidos sus afectuosos saludos =)
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