Ella era una puta. Así, con todas sus letras, una
puta. Baste con eso: una puta sin nombre.
Por favor no se me malentienda, porque no se trataba
de una cualquiera, ni de una promiscua, ni tampoco una de esas manipuladoras
que juegan con los hombres o los seducen por conveniencia. No, no. No se
trataba de una arpía trepadora y oportunista. Nada de eso, esas deberían tener
otro nombre. Ella era una puta de oficio, a la antigua, podría decirse. Ella
soñaba con el amor que no tuvo, ese que le guiñaba el ojo de vez en cuando pero
rápidamente se escabullía burlón. Alguna vez había soñado con casa, familia y
todos esos blablás con que sueña la gente; pero si solemos decir que a veces la
vida es como una ramera, imagina lo que será para una puta.
En cambio ahora estaba tendida mirando el techo, por
no querer ver nada más. Ese techo de todo el tiempo, oscuro, húmedo, atravesado
por un cáñamo que en los días de lluvia servía de tendedero. “Inch, inch, inch”
la única música que se escuchaba. Y tendida pensaba, repasaba las cuentas que
tenía pendientes, si se atrasaba un mes más la iban a echar del cuchitril que
hacía las veces de casa. Por un segundo al recordar esa imagen pensó en lo
miserable de su rinconcito, como ella le llamaba, pero después de un suspiro se
volvía una perfecta Dorothy diciendo – no hay lugar como el hogar – después de
todo eso era, su hogar. O al menos era lo más parecido a uno que en el recuento
de su vida lograba recordar. ¿Le habría dado comida al gato? Parece que sí, no
recordaba haberlo hecho ese día, pero rara vez se le olvidaba darle la comida.
A veces por las dudas –inch inch inch- le daba comida dos o hasta tres veces en
un día. Tal vez por eso el pobre Rómulo apenas se movía y más bien rodaba de
vez en cuando por debajo de la estufa. Inch Inch Inch, no se había arreglado
las uñas, mañana si queda tiempo podría hacerme la manicure, pensó, mientras
con la uña del pulgar se sacaba un poco de mugre bajo la del dedo medio. Y de
vuelta al techo y el cordel.
Alberto sabía que su energía ya no era la misma, le
hacía empeño. Definitivamente no era lo que esperaba, y es que las famosas
pastillitas no hacen milagros, pero en algo ayudan, Poco podía pensar en ese
momento y por primera vez en mucho tiempo se sentía vivo. Su cuasi octogenaria
piel, vieja y helada, convertía al roce la de ella en la piel más suave y
caliente de todas y esa sensación le ponía los pelos de punta y más fuerza le
ponía. Y más fuerza y más fuerza y temblaban las piernas, más fuerza, inch inch
inch, con los ojos blancos y baba seca en las comisuras, inch inch inch, ya
quedando sin aliento, inch inch inch inch inch, Alberto está en el área, no
quiere ser Caszeli, Alberto suda frío, su cuerpo decadente se contrae inch inch
inch. Ella acaba de notar que el papel de la pared se está despegando al otro
lado de la pieza, tal vez mañana le diga al Pato que lo arregle. Alberto
aprieta los dientes, arriba y cruzado, batazo con el alma, home run, espasmos
por todo el cuerpo, relaja el esfínter, Alberto es el héroe, llega a la meta,
cagándose encima pero llega, llega, llega, llega, diez metros, inch inch inch,
siete metros, inch inch inch , los camarógrafos se van apostando junto a la
pista, inch inch inch inch inch inch INCH INCH INCH, y lo ha logrado, porque
nada es imposible, porque los sueños se pueden lograr, y ¡sí! ¡estoy llorando!
¡Medalla de oro, medalla de oro!
Sólo cuando ella acaba de sacar un trozo de carne de
entre sus dientes con la lengua, sólo entonces descubre que tiene un occiso metido
entre las piernas. Un campeón anónimo cuya gesta no aparecerá en libros, ni
almanaques. Nadie sabe su nombre, ni siquiera ella como anécdota podrá contar
que alguna vez estuvo con Alberto… precisamente el que lo metió vivo y lo sacó
muerto.
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