Como un reen había tenido al deseo, engordando y relegado en la pieza mas invisible de la mente, amarrado de pies y manos y amordazado, escuchando día y noche la misma canción, hasta sentir como escurrían gotas de sangre de sus oídos. Pero no podía decirse que estaba en estado de abandono. No, porque cada día recibía su alimento en imágenes, roses, y a veces se deleitaba cuando le arrojaban banquetes de lujuria. que le dejaba insomne al punto de creer enloquecer.
Un día tras una tomatera entre amigos volvió a su casa con los restos de vino en una botella, intentó ver algo en el pequeño espejo que colgaba tras la puerta de su humilde dormitorio pero no hubo más que una sola imagen, la que bastó para enloquecer y quebrar en cien pedazos la botella, rápidamente y antes que pudiese entrar en razón le entregó el goyete quebrado al deseo, quién en una minuciosa tarea rompió uno a uno las sogas que lo amarraban. el no hizo nada por retenerlo lo vio liberarse, levantarse, y con modestia aceptó ocupar su lugar y echarse a dormir sabiéndose inútil tras el deseo liberado, el que se sintió más pleno que nunca, lleno de sí mismo porque él siempre podía no ser menos que sí mismo. Primero se apoderó del cuerpo, luego de las ideas y comenzó a andar sin más planes que golpear aquella puerta que tantas veces había encarnado. El camino estaba en su memoria, sintió en cada paso poseer con más y mas fuerza aquel cuerpo, emanaban ya por sus poros gotas de vapor humedeciendo el ambiente, pronto se apoderó de su aliento, agitaba poco a poco su marcha y podía verse una estela alcalina por todo el sendero recorrido hasta llegar a la reja verde oxidada que abrió como una bestia irracional.
Ella hacía unos segundos que había sentido su presencia, su aroma, su fuerza, se levantó de su cama y esperó tras la puerta por lo que no hubo necesidad de golpearla por un lado ni abrirla por el otro. Ella apoyó su espalda en la puerta y su último pensamiento fue una sublimación de imágenes serpenteantes de rojos furiosos de sueño cumplido de muerte del maldito deseo sin rostro ni apellido. Ahí sin tocarse siquiera dejaron caer sus espaldas y sin acordar un encuentro ella dejó poseerse por el mismísimo deseo, vio sus pies derretirse, luego sus muslos,su húmeda vagina, su espalda erizada, su cuello y sus pensamientos. Pronto era tan sólo un charco vaselínico que se escurría bajo la puerta, pronto eran dos cuerpos líquidos como anhilina en vaselina, danzando sobre la tierra que los absorbía.
Bajo la tierra los esperaban tantos otros seres perdidos en el mismo tiempo, sin cuerpo, solo deseo. Los cuerpos por ahora y por un buen tiempo permanecería reenes de las ganas totales de hacerse líquido y liquidarse mutuamente.
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