domingo, 18 de diciembre de 2011

Rataplán

Había entrado en silencio. Estaba todo oscuro. La luz se filtraba desde la calle por los espacios que se permitía la ventana y las cortinas. A momentos, el paso de algún auto iluminaba todo como un parpadeo de dios, o sea, nada de qué preocuparse. Los pasos eran a penas susurros en un bosque, algo insignificante. El silencio se perdía en el murmullo de la casa, la madera impertérrita, los vidrios pétreos, las alfombras arrugadas, toda esa respiración quiera de la noche.

Como dos labios que se despegan, ése es el gesto que se encuentra al abrir un refrigerador. La luz que salió del interior encegueció por un segundo al intruso, y antes que pudiera tomar alguna recompensa del interior de ese féretro helado, otro sonido estremeció la cocina oscurecida. Un metálico “clac” maullaba desde el fondo de uno de los rincones. El intruso volteó la mirada acertando con el origen, vio un diminuto punto rojo.

Era gracioso ver ese cuerpecillo aleteando sin sentido, las patas deambulando erráticas y la cola fría ya sobre el suelo. Al fondo, la pared contenía una mancha provocada por algo así como un diminuto globo con pintura, una bombita de agua, pero más pequeña. Se desplomó inerte el cuerpo descabezado de un balazo. Se encendió la luz y tras un mueve se incorporó un satisfecho raticida.

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