sábado, 17 de diciembre de 2011

proyecto misantropófago

Más de dos años bastan para que el espacio se convierta en vacio, y creer en eso bastará, los incomprendidos derrotados mugrosos del siglo, viruela me dio a los 13 y a mi hermano a los 6 pero ya esta bueno, sabes, de que me sigan llegando enfermedades sin enfermeras buenas pal pico, una gorda de papel mantequilla no tiene la culpa, nadie la tiene hasta que se enferma, el producto es diferente, sabes. Mira, el otro día me ofrecieron unas gotas de cloro, y bueno, dije, que tal si el cloro me hace bien. Tomé el gotero y deje caer unas pequeñas gotas sobre mi lengua, y estuvo. Al principio nada, un sabor amargo, la consistencia liviana, un pasaje angosto, con muchas entradas sin una sola salida. Y le dije, cómo anda la venta, y me dijo, bien, sólo lo hago para pagar mis estudios. Cuando acabe con eso, ya no más cloro. Ah, muy bien, eres una buena tipa le respondí con la voz entrecortada. Las palabras dejaban el espacio lleno de cortes, como de gillette o cuchillos cartoneros que la chica portaba en su interior y que sacaba a relucir cada vez que la situación lo ameritaba, dejando el aire denso y difícil de respirar. Aunque el verdadero, o mejor dicho, el principal motivo para dejarme con dificultades para hablar, fue que su voz dejaba salir unos leves, casi imperceptibles gemidos, insignificantes para cualquiera, excepto para mí, un maduro coleccionista de orgasmos de masturbaciones. Nuestro encuentro no debe haber durado más de 5 minutos. Le dije pocas cosas a la chica. Aunque tal vez fueron muchas, no estoy muy seguro.

“tómame el fierro y muérdelo” “¿quieres saber qué es una infección?” “tú que sabes poco de dolor, las gotas de mi fierro valen menos que el cloro, pero son un regalo, está todo bien.”
“¿Y si fuéramos milicos esperando morir en una selva o en una frontera?”
“Toma, mi fierro tiene mal olor, el mal aliento lo pasas luego con gotas de cloro y ya, ya está vieja.” “¿sabes qué es un domingo?”

Ella cuenta sus moneditas y vierte gotas de cloro en un papel. Me mira. Siento odio, nunca antes fue así, nunca sentí odio. Ella me mira. “Un domingo es este gotero seco” me dice y sonríe, por fin sonríe. La seriedad excesiva me incomoda, también que alguien no pare de reír o de hablar, tampoco me gusta el silencio. Al mar lo respeto, pero le temo, es demasiado bello, y eso me tiene cansado. Tanta belleza, tanta mujer tanto hombre tanto árbol tanto cielo. Se limpió la boca con la manga del polerón. Tenía un par de gotas que lentamente corrían por su mejilla. Una imagen bien armada. Hubo algún diseñador, en un tiempo, no creo que haya sido hace tanto. Él dibujó esa imagen, la chica, que contaba dinero mientras un par de gotas llegaban a su mentón y ahí se detenían justo antes del vacio. Eran tontas o inteligentes. Una sutil frontera. “definitivamente no sabes qué es un domingo” le dije en tono de broma. Ella puso las cinco lucas en su boca y comenzó a morder el billete hasta formar una especie de pasta que se tragó de una vez.

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