sábado, 17 de diciembre de 2011

El silencio es como un eructo...

El silencio es como un eructo en la cara cuando caminas rumbo a un destino que se desdibuja al fondo del camino, hasta el extremo opuesto de los ojos, hasta el borde que se difumina como la realidad evaporándose. Lleva el rostro idiotizado por el aire frío, abofeteado por el sol escrutante, adormecido por las horas. Las manos son madejas de fisuras, tenazas de piedra, ni hogar para caricias ni escondite de dulzuras. Caminaba levantando mucho las rodillas, evitando tropezar con el coirón arrojado azarosamente sobre el desierto. Se venía acercando con una lentitud somnífera, para cualquiera, somnífera, en cualquier otro contexto, somnífera. Pero el ovejero no cabía en sí de alegría por ver que el punto errático que viera al fondo del mundo se agrandaba como una mancha de sangre en una camisa, se expandía por el fondo del cielo y tomaba una silueta antropomorfa.

Vio sus rodillas subiendo notoriamente para no tropezar, vio con facilidad la cadencia que marcaba sus pasos, nada erráticos, certeramente definidos, las curvas no eran otra cosa que la evasión de algún accidente, un guanaco muerto, un hoyo insignificante, un charco odioso, alguna mata que se oponía a Dios y crecía más que los demás, esas matas, esos arbustos ateos que se resisten a los diseños celestiales, que son un dedo del medio orgullosamente erecto mirando al cielo. Vio sus ropas cansadas y marchitas. Vio su pelo cerrado como las filas de una retaguardia infranqueable, como la defensa de la Universidad de Chile en la Copa Sudamericana, solo dos goles, ni un partido perdido, ni uno, así de cerrado venía ese cabello.

Vio sus ojos y algo lo detuvo. El ovejero cupo en sí. Su alegría lo había sobrepasado, no cabía en sí y se había quedado quieto fácilmente veinte minutos viendo como se acercaba esa figura creciente. Vio sus ojos y entró en su cuerpo en un solo instante, en una sola milésima, en ese momento infinitamente insignificante en que abres y cierras los ojos, el momento en que una bala besa la piel y la quema de furia. Entró de golpe a su cuerpo despertando de una suerte de letargo, ver a alguien en medio del mundo era una alegría inexpresable, ¿será una alegría realmente?

La sombra antropomorfa se le acercaba y a cada paso los segundos parecían más breves y las distancias más ínfimas, del cielo al fuego había un parpadeo, de la tierra a los hielos no habían dos pasos, un paso, a un paso el ovejero quiso reaccionar y presionó un cuchillo viejo en lo que sería el abdomen de cualquiera. La sombra tenía dos ojos que eran pozos vacíos en los que cabían todas las almas, todas, cualquiera, todas las cualquiera, todas las almas que cupieran en ellas. Sus ojos eran dos fusiles que levantaban los cuerpos y dejaban hundirse las almas en esos pozos arrebatados. Abrió una boca espeluznante imitando una sonrisa socarrona y vomitó un contundente hilo de sangre que dejó caer sobre el pecho del ovejero, y éste, pasmado, dio un paso frágil hacia sus espaldas. La sombra desempolvó de su maño un puñal, y como un beso que busca despertar a todas las furias, se posó en el costado izquierdo de su cuello, entró con la pasividad con que entra una lengua en una boca ajena, con la brutalidad con que entra una lengua en una boca ajena. Y volvió a entrar. Y volvió a entrar, esta vez por el otro costado. Y volvió a entrar, esta vez por el frente. Y volvió a entrar, y volvió a entrar, y volvió a entrar, y volvió a entrar, y volvió a entrar…

No hay comentarios: