Uno de los jóvenes encendía apresurado el fuego en una chimenea, claramente no habían entrado ahí desde hace un buen tiempo. La cabaña era pequeña, lo suficiente. Entraron de súbito, el joven reaccionó levantándose y girando desde la chimenea hacia la entrada, pero sin culpas, había logrado encender el fuego y el aire dentro era cálido, toda una victoria. Entraron dos jóvenes más, tres hombres de una edad ya más avanzada y al último, un hombre que perfectamente podría tener 40 años. A los jóvenes los delataba su prisa y sus cuerpos ágiles, a las reliquias histéricas, digo, históricas, los delataban sus abdómenes pronunciados, sus canas, su paso cansado y, ante todo, su mesura. El último, no era menos ágil, ni menos mesurado. Era, entre todos, el mejor.
- Padre, quédate aquí, os lo rogamos.
- …qué lluvia…
- El joven Rodrigo ha preparado esta humilde cabaña para tu resguardo…
- …y qué viento…
- …será solo momentáneo, por hoy, por esta noche, por esta lluvia…
- …pareciera que cada ráfaga es un manotazo inmenso sobre estas paredes…
- …ya con la luz del día seguiremos el camino a guarecernos en los palacios. – Había dicho uno de los más viejos, el más viejo tal vez, como no queriendo hacer caso a las interrupciones de su interlocutor.
- Sí, está bien. – Era lo primero que decía con la intención clara de responderle algo al hombrecito.
- Nosotros pasaremos la noche afuera, vigilando. – Aportó uno de los jóvenes
- Es más que necesario, prudentes palabras dices joven Ignacio. – El joven en cuestión delató cierto rubor, cierta alegría imperceptible más que en esas mejillas que perdían su enrojecimiento en medio de los parpadeos del fuego.
Salieron los tres jóvenes, obligados por decisiones que tomaran hace años, ahora la obediencia era la única vía posible. Los viejos decidían quedarse sentados alrededor de la mesa. Todos estaban nerviosos, pero el patriarca ya no podía contenerla más dentro de su piel. Se levantaba, se sentaba, “esa lluvia, esa lluvia que golpea como a una marejada las ventanas”, decía delatando sus miedos. Lo que al principio parecía un mero comentario contemplativo, era la sangre que salía de un pecho baleado a quemarropa. Los otros se miraban desconcertados. Todas las respuestas a las preguntas eternas, toda la sabiduría universal, toda la verdad y la belleza en un solo ser, en un solo elemento, la creación y el fin estaba ahí, de pie, yendo de un lado a otro, dejando que su cabello vibrara en su pase enardecidamente nervioso.
- Padre Juan, Julián ha desaparecido…
- Se lo llevó?
- No, se escapó
Julián era el más joven, el que había encendido la chimenea. No era el primero en desertar. Otros lo habían hecho ya durante el día. Entre los viejos, decidieron acompañar a los jóvenes en las labores de vigilancia. Solo quedaron el patriarca y el padre Juan, el más anciano.
- Juan, estás bien, ¿verdad?
- Sí, padre.
- Es bueno saberlo. ¿Cuántos años tienes ya?
- …
- Sí, entiendo… demasiados como para estas jugarretas.
- No son jugarretas, padre, pero mañana ya todo será distinto. Esa mujer no volverá a molestarnos. Esto ha sido un grave descuido y no se quedará así.
- Claro…
- Investigaremos y hallaremos a los responsables, no pudieron fallar tantas cosas juntas.
- Estás subestimándola. No creo que hayan responsables, solo ella.
- …padre…
- Tranquilo. Tienes razón en que mañana ya será otra cosa. Al llegar daremos la orden de buscarla y acabaremos con esto. Será sencillo.
- …padre…
- Sí, sencillo. Nos pilló de sorpresa, no puede pasarle algo así a una institución como la nuestra. Hay que fortalecer la institución, Juan, no solo nuestra dieta.
Rieron un poco olvidando la furia con que la lluvia azotaba las ventanas, las paredes, el techo, la puerta que parecía tiritar. Juan, en un acto piadoso y amable, tomó algunos víveres, café caliente y lo llevó a los vigías que de seguro temblaban más del alma que del cuerpo. El patriarca no reaccionó ante esto, sería como abrir y cerrar los ojos. Se sentó a la mesa y dejó caer su cabeza sobre las manos, intentaba sostenerse para no caer en un llanto patético. Ahí estaba la gloria del mundo: sentado, sudando, asustado.
Se abrió la puerta con una lentitud hogareña. Luego se cerró con la misma armonía. El fuego estaba un tanto debilitado, él mismo parecía tiritar por la lluvia, el viento y el frío, que fuera causaban estragos. La cabaña se mantenía estoica frente al mundo. Es aire de pronto se tornó pesado. El fuego parecía entrar en estado shock, no tiritaba, no se movía, no respiraba, estaba impertérrito. Se escuchó el metal seco del pestillo, pasos livianamente pausados, tranquilos. El patriarca seguía en sus lamentaciones, maldiciendo a los demás, sus seguidores, y en el fondo, a él mismo. Los pasos se dirigieron a él, cargaban la túnica que estilaba el agua de la lluvia resguardando al resto del cuerpo de esa brutalidad que se presepitaba desde el cielo.
- ¿Cómo te fue…
La palabra siguiente que el patriarca tenía en la mente y en la lengua era “Juan”, pero reaccionó al sonido de los pasos, a su volumen, a su tono, a su ritmo. Reaccionó a los cabellos oscuros que caían a su costado desde otra cabeza. Reaccionó a las manos blancas y los brazos igual de lechosos, desnudos y delgados que se posaban al lado de los suyos que dormían derrotados sobre la mesa. Reaccionaba tarde al perfume que atravesó la puerta.
- H o l a… p a p i t o…
La voz era una tela delgada y suave, a la vez perfumada de flores. Era también una navaja, delgada y suave, a la vez perfumada de sangre. Los brazos tomaron al patriarca y de un movimiento rápido y bestial lo arrojaron sobre la meza boca abajo, con una sola mano sobre la espalda, impidió cualquier movimiento e intento de fuga. El patriarca intento moverse… imposible… La mano desocupada hizo añicos la túnica y las demás ropas del hombre que mordía un llanto inaudible, luego se empuñó tomando una buena cantidad de cabello desde la nuca del patriarca y jaló con fuerza. Sin mediar palabras, desembolsó un falo desde entre la túnica, se acercó al cuerpo del patriarca para luego retroceder, luego volver y en esa segunda arremetida se acercó hasta su cuello, lo mordió y con la boca sonriente, llena de sangre le susurró: “perdóname papito”.
2 comentarios:
a los puros combos mr. vega...te voa maletear
ajajaja... maleteaste chorizo... me costó darte de vuelta!!
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